Sintonía afectiva madre-hijo: la sensibilidad como clave para el apego

Carolina Vidal Pila

La teoría del apego reconoce que tanto la madre como el hijo aportan a la formación del vínculo de apego variables biológicas y temperamentales. Sin embargo, se ha descubierto que, para la adecuada sintonía afectiva de la diada, resultan más importantes sus interacciones que los rasgos individuales de temperamento o personalidad.

La sensibilidad de la figura cuidadora ha sido considerada como el indicador clave de la calidad de la interacción madre-hijo. Siendo entendida esta como la habilidad del adulto para interpretar y responder adecuada y contingentemente a las señales y demandas del bebé, en términos tanto de atención física como emocional.

Diversos investigadores contemplan la sensibilidad materna como una característica relacional que se surge y se nutre de la interacción de la diada, más que como una capacidad de la figura maternal.

El vínculo afectivo madre-hijo nace durante el periodo en el que el niño está en el vientre materno como una unión puramente biológica que se va desarrollando hasta convertirse en una unión dual simbólica que ejerce de referente para los futuros vínculos a desarrollar. Su modelaje se inicia desde la etapa fetal a raíz de la percepción de los primeros movimientos fetales.

Según distintos investigadores, será entonces cuando los progenitores comiencen a reconocer al feto como un ser separado de la madre, de modo que surgirán las primeras ensoñaciones y fantasías en relación a su hijo. A esto se le añade el hecho de que, gracias a la visión temprana del feto en imágenes ecográficas, la madre es capaz de pensar en su hijo como una persona real y diferente de sí misma, lo cual contribuye a la creación de un lazo afectivo con él.

No obstante, el vínculo de apego se construye progresivamente a partir del nacimiento del bebé en función de las interacciones con la figura de apego y de las capacidades cognitivas y socioemocionales del niño, asociadas a su tiempo vital, hasta que va cobrando profundidad y fuerza.

En la formación del vínculo de apego, el modelo evolutivo de Bowlby (1969) contempla varias fases que acompañan a unas edades aproximadas: diversos autores han ido completando estos datos en función de los descubrimientos y avances realizados a lo largo de los años.

Durante los primeros dos meses de vida del bebé aparecerán en el bebé unos patrones de reactividad temperamental determinados genéticamente, tales como: la orientación de la mirada, la sonrisa, el llanto o el balbuceo, cuyo objetivo será obtener atención. Estos, serán activados ante la presencia humana de forma innata sin discriminación de figura (se dirigien a cualquier persona cercana).

También los padres disponen de varias posibilidades de estimulación hacia el bebé, como el contacto físico frecuente, el contacto ocular mantenido, la comunicación verbal o las expresiones faciales. Se logra de este modo, un proceso de socialización recíproca: las conductas del bebé provocan respuestas en los padres, generando a su vez nuevas reacciones en el niño. Sin embargo, el verdadero vínculo de apego tarda más tiempo en formarse.

Entre los tres y los siete meses, aproximádamente, el desarrollo sensorial del bebé le permite integrar diversas percepciones sensoriales: gestos, voces, olores y rostros, mediante los cuales es capaz de identificar a las personas que pasan un tiempo considerable con él , incrementando así su capacidad de diferenciación entre familiares y desconocidos, por lo que las conductas de acercamiento anteriormente mencionadas (sonrisas, vocalizanciones y el llanto) se orientarán a partir de ahora de hacia el cuidador o cuidadores principales.

Las primeras sonrisas de un bebé son puramente fisiológicas sin embargo, a partir de la sexta semana de vida el recién nacido sonrié en consecuencia a la atención. Por lo que entre el segundo y sexto mes de vida, las sonrisas indiferenciadas se irán dirigiendo cada vez más específicamente a las personas que le cuidan habitualmente.

Los adultos interpretan y responden positivamente a la sonrisa del niño, aumentando su interacción social con él, por lo que se convierte en un vehículo de relación social.

Algo similar ocurre con los gestos y sonidos emitidos por el bebé: en esta segunda etapa, el gorgoteo del lactante se va haciendo más claro a medida que avanza hacia una vocalización más distintiva y se irá dirigiendo de forma paulatina exclusivamente a las figuras de apego.

Es entre los ocho y los doce meses de vida del menor cuando se establece la relación de apego. Existe ya de forma afianzada una predilección social hacia la figura principal de apego (quien generalmente es su madre). Se consolida por tanto el sistema de apego como un conjunto de conductas del bebé organizadas en torno a conseguir la proximidad tanto física como emocional de su cuidador.

En la segunda infancia o “etapa preescolar” las emociones primarias de miedo y cólera decrecen notablemente y comienzan a afianzarse las emociones más complejas tales como la vergüenza, la culpa, la envidia o el orgullo. Estas se denominan emociones autoconscientes o sociomorales pues requieren para su potenciación el reconocimiento de sí mismo y de los pensamientos de los otros.

Alrededor de los 3 años de edad, el menor pasa por una fase negativista, también conocida como “la rebeldía de los tres años”. Sus deseos de autonomía le llevan a una tendencia de afirmar su yo oponiéndose a los demás y tratando de hacer prevalecer siempre su voluntad. Su capacidad para el autocontrol emocional es aún muy escasa por lo que los episodios de rabia e ira serán respuesta a su propia impotencia.

Esta etapa se caracteriza por un intenso egocentrismo, a través del cual el niño tiene un autoconcepto exageradamente positivo, poco coherente y basado en aspectos concretos y observables; el yo se configura en función de las actividades que se realizan y de sus características físicas. Tal egocentrismo provoca la representación del mundo en función de su propia perspectiva, mediante un pensamiento fuertemente intuitivo.

La tercera infancia comprende entre los 6 y los 12 años y se denomina período escolar. Se caracteriza por la búsqueda de conocimiento, ya que el niño se pregunta y busca respuestas basadas en argumentos racionales, por lo que en esta etapa su pensamiento evoluciona hacia uno más lógico.

Durante esta etapa, el egocentrismo ha sido superado y el autoconcepto adquiere una dimensión psíquica y social, más psicológica. El concepto de sí mismo se asocia ahora en mayor medida a las comparaciones con los pares.

La adolescencia es una etapa de transición entre la niñez y la edad adulta que abarca aproximádamente desde los 12 a los 19 años. El desarrollo de la capacidad cognitiva del adolescente le permite una mayor capacidad de introspección gracias a la cual obtiene una mayor conciencia de su estado afectivo que en etapas previas.

Sin embargo, los distintos cambios hormonales, físicos, sociales y psíquicos que se atraviesan durante esta etapa, suscitan de forma generalizada en los adolescentes una intensa ambivalencia emocional que provoca cambios de humor, arrebatos frecuentes…

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