El documento explica cómo las personas pueden influir en sus propias emociones y en su manejo, especialmente en contextos clínicos. Describe que la regulación emocional incluye decidir o influir en cuándo aparece una emoción, cuánto dura, con qué intensidad se siente y cómo se muestra hacia los demás o se gestiona internamente. Señala que estos procesos son clave para la salud mental y que, cuando fallan, se relacionan con problemas como depresión, ansiedad, abuso de sustancias, TDAH, trastornos alimentarios y trastorno límite de la personalidad. Además, diferencia entre fallas por no activar estrategias, activar estrategias que no funcionan y usar estrategias que empeoran las emociones (como evitar o suprimir).
Se representa dos modelos principales. El Modelo de Procesos de Gross clasifica las estrategias según el momento en que se aplican: antes de que la emoción se active por completo (por ejemplo, elegir o cambiar la situación, dirigir la atención, reinterpretar lo que sucede) y después de que la emoción ya esté activa (modular lo que se siente, cómo se expresa y las respuestas fisiológicas). Por otro lado, el modelo de procesamiento emocional de Hervás enfatiza que, para regular bien, primero hay que procesar las emociones: tener acceso consciente a ellas, atenderlas, aceptarlas sin juzgarlas, ponerles nombre, analizar su causa y su mensaje, y luego modulalas de forma adaptativa.
También se describen patrones de desregulación emocional en distintos trastornos. En la depresión, predominan estados de ánimo negativos prolongados, poca participación en actividades gratificantes y rumiación, además de una tendencia a amortiguar las emociones positivas. En los trastornos de ansiedad, es común la evitación y la supresión emocional, junto con baja claridad para identificar lo que se siente; esto se ve en pánico, ansiedad generalizada y TEPT, donde se evita sentir emociones ligadas al trauma. En el trastorno límite de la personalidad se observan vulnerabilidad e inestabilidad emocional, alexitimia, evitación y autolesión como intento de regular.
La regulación emocional significa influir de manera intencional en la aparición, intensidad, duración y expresión de las emociones, apoyándose en habilidades como conciencia emocional, aceptación, etiquetado (poner nombre), reevaluación (reinterpretar) y modulación de respuestas. En este contexto clínico, su relevancia está en que no se trata solo de reducir lo negativo, sino de procesar las emociones por completo para que cumplan su función adaptativa, y de gestionar también las emociones positivas de forma saludable. La aceptación y el procesamiento son fundamentales, mientras que la supresión y la evitación suelen mantener o agravar los síntomas. Instrumentos como el TAS-20 y el DERS, junto con la psicoeducación, ayudan a evaluar y diseñar tratamientos ajustados.
El documento reúne intervenciones basadas en la regulación emocional: la Terapia Dialéctico-Conductual (con mindfulness, aceptación y tolerancia al malestar), el entrenamiento de habilidades de Berking (conciencia, etiquetado, aceptación y modificación), la Emotion Regulation Therapy para ansiedad y depresión (flexibilidad regulatoria, aprendizaje contextual y exposición alineada a valores) y el programa transdiagnóstico de Hervás (entrenar apertura, atención, etiquetado, aceptación, análisis y modulación). Además, propone herramientas de evaluación y psicoeducación —metáforas, tarjetas y diarios emocionales— para ampliar el vocabulario emocional y comprender la función de las emociones, subrayando que una regulación eficaz requiere modelos sólidos, habilidades prácticas y una actitud de apertura.
