El concepto de «enfermedad mental» es un pilar en el ámbito de la salud, pero para la psicología de la salud, su validez es cuestionable, y comprender las razones detrás de esta crítica es importante para los profesionales que buscan una aproximación más coherente y efectiva a los problemas de conducta y bienestar.
La crítica a la noción de «enfermedad mental» surge de una revisión del modelo médico tradicional de la enfermedad. Este modelo suele operar bajo dos conceptos principales: el ontológico estructural, que concibe la enfermedad como una entidad que daña la estructura biofísica (una «cosa»), y el fisiológico funcional, que la ve en relación con la fisiología individual y su contexto (una categoría pragmática). La noción de enfermedad mental, según esta crítica, ha sido adoptada precisamente del sentido estructural de la enfermedad médica.
Al aplicar este modelo, la «enfermedad mental» supone que la conducta, bajo ciertas condiciones, es intrínsecamente patológica y que está determinada por entidades mentales. Ambos supuestos son considerados excesivos y han sido objeto de análisis críticos clásicos. Por ejemplo, se argumenta que la enfermedad mental, al presuponer una entidad mental interior (en analogía con un daño estructural físico), se desvirtúa cuando se analiza desde una perspectiva fisiológica funcional. En este enfoque, la entidad interior se disuelve en favor de las relaciones en términos de un campo psicológico. Incluso si la «enfermedad mental» se refiriera a una entidad neurobiológica, se argumenta que estaría mal llamada y que, en todo caso, remitiría a una noción de enfermedad en sentido fisiológico funcional, donde el aspecto psicológico cobraría un efectivo carácter contextual.
Además, desde el ámbito psicológico, es muy discutible considerar que la conducta en sí misma sea patológica o anormal, una idea que también se hereda del modelo médico estructural. En cambio, la «conducta problemática» se define por criterios externos a la propia conducta. A veces, una conducta puede ser problemática por sus consecuencias fisiológicas, como en el caso del estilo de conducta tipo A y su impacto en la salud cardiovascular, pero esto no la convierte en una «conducta enferma» o patológica. Más bien, su carácter problemático hace referencia a condiciones sociales que no son psicológicas. Se podría decir, en rigor, que los problemas de conducta son la dimensión psicológica de problemas propiamente sociales. Esto se apoya en el hecho de que el análisis de estas conductas a menudo revela condiciones no psicológicas relacionadas, como circunstancias familiares y sociales que actúan como determinantes.
La crítica propone un sentido unitario de la salud y anula la entidad de la «enfermedad mental». La distinción entre la psicología de la salud y la psicología clínica no radica en que una trate la salud física y la otra la salud mental, sino en la especialización profesional. La psicología de la salud se dedica a los asuntos psicológicos que pueden tener consecuencias fisiológicas, mientras que la psicología clínica mantiene su enfoque en los problemas psicológicos por sí mismos. Esta perspectiva subraya la necesidad de un enfoque más pragmático y contextual, donde la enfermedad se entienda como un nexo conceptual en el paciente, en lugar de una cosa aislada.
Referencias:
- Pérez Alvarez, M. (1991). Medicina, psicología de la salud y psicología clínica. Revista de Psicología de la Salud, 3(1), 21–44.

Comentarios principales