Parece que en los últimos años han surgido empresas, que no centros, de psicología que más que cuidar la salud mental parecen haber encontrado la fórmula mágica para convertir el sufrimiento humano en un negocio redondo. Su modelo es sencillo: reclutan profesionales cualificados, les ofrecen «colaborar» como autónomos y luego les pagan un pequeño porcentaje del coste real de la sesión. ¿El truco? Cuantas más sesiones hagas, mayor será tu porción. En la práctica, hablamos de entre 10 y 15 euros por sesión. Todo muy motivador, ¿verdad?
Porque claro, ¿quién no quiere llegar a final de mes con un sueldo decente a base de hacer sesiones sin parar, sin tiempo para preparar los casos, sin margen para cuidar de su propia salud mental? Seguro que es lo ideal para garantizar una práctica clínica ética y de calidad. Al fin y al cabo, nada dice mejor «bienestar emocional» que un terapeuta al borde del agotamiento.
¿Y qué hay de la ética profesional? La psicología no es una cadena de montaje, pero estas empresas parecen operar con la lógica de “cuantas más piezas pasen por aquí, mejor”. En lugar de priorizar la mejor praxis, el enfoque parece basarse en cuánto se puede exprimir a cada profesional antes de que se queme. Lo importante es el volumen, no la calidad. Sesiones rápidas, más clientes, más beneficios. McDonaldización del bienestar.
Lógicamente, todos queremos ganarnos la vida con nuestro trabajo. No hay nada de malo en que la psicología sea una profesión y, como tal, tenga un componente económico. Pero esto no debería ser incompatible con actuar con profesionalidad, con ofrecer una buena práctica clínica y, sobre todo, con no explotar a los profesionales. Cuidar la salud mental no es vender zapatillas por volumen.
El negocio de la psicología no debería ser un modelo de explotación. No todo vale en nombre del beneficio económico. ¿Hasta cuándo seguiremos normalizando estos modelos empresariales que tratan la psicología como si fuera un call center emocional?
